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Vaquita

Cuando entraba me topé con un viejito ciego que quería salir. Nunca había visto a alguien tan solemne y dueño de sí tanteando todo con el bastón. Pero la arquitectura era innecesariamente complicada – había que bordear unas rejas, saltar un escalón y pasar entre medio de dos columnas para llegar hasta la puerta – así que entendí que estaba confundido y traté de darle una mano. Bueno, fue él el que me dio una mano flaca y arrugada a mí y me agradeció, pura formalidad, con un movimiento seco de la cabeza.

— No se preocupe, que no se pierde de nada: — le dije — está oscuro que da asco.

Lo despaché en la puerta de doble hoja. Del otro lado continuaban los escalones e irregularidades varias, pero había un grupo de estudiantes, todas chicas, y pensé que, en el peor de los casos, serían capaces de atajarle la caída.

Caty estaba parada cerca de una cosa que parecía un escenario, pero que no era, y lideraba una conversación que parecía hilarante, pero que no era. Tenía un rodete y un vestido verde con un escote increíble, que los señores entrajados no desaprovechaban ni un segundo.

Cuando me vio les pidió disculpas con todo el cuerpo y vino caminando hacia mí con la gracia que ahorraba para ocasiones especiales.

— No quiero ni un comentario de la ropa,— me dijo.— Sabés que no es por gusto.

Yo le dediqué mi mueca de resignación #1 y le recité:— Somos un equipo y cada uno tiene que aportar lo mejor de sí.

— ¿Y esto es lo mejor de mí?— me escupió, señalándose las tetas con los ojos.

— No lo dije yo.

Me miró de arriba a abajo, buscando algo para corregirme. Se sacó la gomita del pelo— lo dejó caer, mejor que en cualquier publicidad de shampú con placenta de tortugas—, me peinó con los dedos y me hizo una colita de caballo.

Un hombre con cara de rata se acercó al micrófono y le gruñó. Miraba al nene que estaba al mando de la consola de audio con una mezcla de asco y desconfianza. Todos hicieron silencio. Caty y yo nos sentamos, pero antes le agarré la cintura para que alguno de los presentes entendiera que soy el marido y no un hermano retardado.

El del micrófono dio la bienvenida y empezó a repasar un cronograma:

— Desde este miércoles hasta el lunes siguiente, van a disculparnos, pero no tenemos nada.— Una mujer empezó a acercarse a él desde el borde del escenario— a menos que encuentren algún interés en cuestiones como la homeopatía, la psicología gestáltica, la elaboración de ponchos en telar, y un seminario doble sobre la historia de los sáidquics de superhéroes— alguien iba dándole siguiente a las diapositivas que se proyectaban a espaldas de él, y en parte, sobre su cara; la señora que se había acercado volvió taconeando bajito a su lugar y se acomodó la pollera.

— Y tenemos que recordar que todo esto es posible gracias a Coca Cola— el proyector ahora ofrecía la imagen de un chorro oscuro, efervescente, que se arremolinaba con sensualidad al chocar contra un vaso casi invisible.

No pude sofocar mi «¿Qué?» y creo que hasta se escuchó por encima del jingle que de repente nos ocupaba los oídos. Caty me apretó la mano e hice mi mejor esfuerzo para no preguntarle nada más.

—Y también, en menor medida, por la cooperativa Nova.— dijo el hombre, y se retiró, acompañado de un acople.

El logo de nuestra vaquita verdiazul flotó a la deriva en la pantalla un segundo y desapareció. La gente aplaudía sin ganas.

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