Si te gusta, no lo arruines

Publicado el
huevo con carita feliz dibujada en olla hirviendo

A mí me gusta tener una estructura. Tener pasos para pensar y hacer las cosas. Saber cómo podría a llegar de A a B. Me gusta tener esa guía mental por más que casi nunca la respete y por cada gran crisis, por cada gran punto de inflexión, cambio dos o tres aspectos de mi gran framework para la vida cuyo soporte físico es, hoy por hoy, un panel de espuma plast.

No voy a hablar de mi framework ahora porque simplemente no funciona. Pero sí quiero decir que he sido lo bastante lúcida para deshacerme del concepto de backlog. La vida no lo tiene. Siempre es hoy.

Antes de tener las 100 copias de mi libro en mis manos, ya estaba pensando en que no quiero verlos sacar polvo en el fondo de un estante. Los imprimí para distribuirlos, ¡para que se lean! Así que decidí que uno de los focos de mi año iba a ser ese: Deshacerme de todas las copias de Acá no hay nada, en manos de gente que yo apueste a que lo van a leer.

A ver… lo tuve conmigo el 1 de Junio. Dejo diciembre como margen de error. De junio a noviembre son más o menos 180 días, y yo puedo llegar a tener hasta 120 copias del libro. O sea que 120/180 = 2/3, tengo que deshacerme de 2 libros cada 3 días.

Al principio eso fue fácil: venía sobrada de mi propia meta. Aún era junio y ya había cubierto las “ventas” requeridas hasta agosto porque el libro era nuevo y todos mis conocidos lo querían. Pero era obvio que ya llegaría la meseta, cuando mi público “personal” estuviera cubierto y tuviera que empezar a convencer a completos desconocidos de que me lo compren.

Cerca de ese día, de ese cruce que veía con claridad en mi diagrama de burn down imaginario, estaba angustiada o con cara de culo en todas las instancias en las que podía llegar a generar una venta. Me frustré, me puse mal, hasta que decidí abandonar la meta de diciembre.

Lo importante, para mí, es hacer algo por el libro todos los días. No llegar a una “conversión”. Soy una escritora independiente, no una vendedora.

Curiosamente ese punto del burn down no llegó. Inmediatamente después de mi punto máximo de angustia, dí como 7 libros y hubiera seguido en carrera, “sobrada” por unos cuantos días más. Fue tentador volver a adoptar la meta, hacer como que no pasó nada, pero no. Ya no pienso en eso porque no hay carrera ninguna, no hay gráfico, no hay fecha de entrega.

Escuché en un podcast (no recuerdo si Nunca ayudes a nadie o Nunca ames a nadie) algo sobre cómo recibir dinero a cambio de algo (científicamente comprobado) disminuye la satisfacción que sentís por hacerlo. Si vas por un camino y ves a alguien a quien se le quedó el auto enterrado y te ponés a ayudar, te sentís muy bien de lo que lograste. Pero si la mina saca un billete y te lo da, en agradecimiento, lo arruina todo. Hasta hace un segundo eras un buen samaritano y ahora te convertiste en un peón. Incluso te podés poner a pensar que esos $200 no valen el esfuerzo que hiciste, haberte embarrado los championes, sudar la remera y llegar aún más tarde a la raviolada en la casa de la abuela. De repente todo está mal.

Tanto las medidas de tiempo como el dinero son métricas capitalistas, empresariales, que no tienen por qué meterse en la vida verdadera. Se puede ser eficiente sin ser amargado y se puede ser feliz sin ser eficiente. Hoy se hace difícil recordarlo, pero no todo es una empresa.


Originalmente publicado en el #3 de mi Boletín de Piques y Desventuras, en agosto de 2018. Foto: Huevo hervido de Andrés Nieto Porras publicada bajo licencia de Creative Commons.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.