Agente antientrópico

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hombre con motosierra

Hace tiempo (desde que descubrí el significado de la palabra entropía) decidí transformarme poco a poco en un agente antientrópico. Esto es, quiero que en un día cualquiera la suma total de mis acciones sea más favorable a lograr un orden general, consensuado, preestablecido de las cosas que a colaborar con el regadero de caos que suele ser este universo.

Hay quienes me han dicho que no existe tal cosa como una orden consensuado porque la gente es gente y cada uno tiene su ideal de mundo feliz. Pero a la prueba están, para refutarles esa lógica, un millón de dichos, refranes y lugares comunes. Si la gente no asumiera como una verdad deseable la que en ellos es representada y promovida no los repetiría, no se esparcirían por el mundo, no se traducirían a otras lenguas y jamás llegarían a ser asimilados por el opuesto sistema de valores de la generación inmediatamente posterior.

Por ejemplo, si tenemos hoy en día el dicho de “se vende como pan caliente” yo creo que estamos de acuerdo en que, en un mundo perfecto, todo el pan debería estar caliente. La gente no reacciona muy bien cuando me ve del otro lado del mostrador, tactando el pan que ellos pensaban comprar. Así que además de llevar conmigo, en mi maletín, escuadra, nivel, pegamento, pinzas para cejas y artículos varios de limpieza, he incluido antiparras infrarrojas. Ahora puedo detectar una hogaza decayente a varias góndolas de distancia.

Me ha sido particularmente útil al formular mi método la máxima de que “por cada árbol que tales, planta dos”. Esto es prueba suficiente que que hemos decidido, como humanidad, forestar dos tercios de la tierra no-sumergida. Tres tercios, perdón. A mí no se me dan muy bien las matemáticas, pero para configurar un esquema de mundo perfecto me alcanza con la idea. Me gusta porque ofrece la posibilidad de generar cambios grandes en lugares remotos a través de cambios pequeños en tu zona de confort.

Por ejemplo, si tu objetivo personal fuera reforestar el Amazonas, o forestar de cero el Desierto de Atacama, todo lo que tendrías que hacer sería plantar un árbol justo en la salida del garaje de tu vecino. Todas las mañanas, para ir a trabajar, don Torres tendría que cortar el árbol y plantar dos. Claro que puede plantarlos en cualquier lado, pero el mundo es finito y los números no. A razón de dos por día no puede tardar mucho tiempo en llegar a cambiar del todo las fotos del Valle de la Luna, que se ve bastante árido.

Mejor aún, tu vecino podría admirarse de tu noble iniciativa y en vez de plantar árboles en los desiertos comenzaría a plantarlos en la puerta de la casa del vecino del otro lado y de enfrente. Es exponencial. Una curva maravillosa. Ahora estamos plantando árboles a razón de cuatro por día, y sin involucrar a nadie en ninguna campaña complicada y sensiblera.

Así que aplico la misma lógica para el pan caliente. Cuando veo que uno se está enfriando me lo como y horneo dos. Por cada cosa que ensucio en la cocina lavo dos más aunque a veces ya está todo demasiado limpio y tengo que ir a ofrecer mi servicio a bares y comedores. Por cada pan que me como, quemo el doble de calorías corriendo y cuando dejo una prenda sudada en el tambor del lavarropas seco, plancho, doblo y guardo otras dos. También he llegado al límite de mi vestuario y busco ferias, tiendas y casas de familia donde me dejen dar una mano.

Por cada hoja que completo escribiendo, bajo uno de mis árboles y empiezo un cuidado, artesanalísimo proceso para convertirlo en dos hojas de papel. Pero a este punto como talé un árbol tengo que buscar mi pala y plantar dos más.

Creí que tenía todo cubierto hasta que escuché que en la vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Entonces planté otro árbol más — porque los anteriores no contaban, y como planté uno tuve que talar dos.

Cuando hube talado y replantado todos los árboles de la Tierra me ocupé de la parte de la progenie. Tuve un orgasmo así que provoqué dos, y mientras esperaba escribí dos libros: uno por mí y otro por mi hijo. Con todo el lío de editarlos derribé 250 árboles, planté 500, derribé 1000 — me entienden la idea. Como tuve un hijo, maté a dos personas: a mi padre y a mi madre, porque me pareció lo más simétrico. Cuando la gente me daba el pésame yo tenía que buscar otro velorio para darles las condolencias a dos personas más. Fue un día agotador y tuve que consumir mucho pan casi frío para reponer las calorías.


Foto: «El motosierrista» de Amio Cajander. Algunos derechos reservados.

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