Las viejas

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Me gusta ir a las viejas librerías. A las de polvos excitantes, y ecos de lo remoto.

Son un negocio, lo sé. Siguen siendo un negocio, y las mujeres y los hombres te observan entrar, con sus caras de perros carenciados. Buscando en fin un lucro, cual una bocanada; y hay ofertas y especulaciones, aunque no escaparates, ni vidrieras, ni luces irritantes.

Hay un ambiente callado y apacible. En algunas, retumbantes escaleras conducen a pisos superiores donde nadie supervisa. Donde uno es uno contra el mar de palabras, algunas marchitas y olvidadas; otras estoicas y seguras de su impacto y su belleza, y a veces encuentro raídos divanes donde echarme indefinidamente, a leer con las ratas musitando de fondo.

Los pisos de madera crujen, y los de baldosa están forrados con diarios que muestran noticias falsas, o convenientemente manipuladas, o tapadas por suelas de zapatos que antes estuvieron recorriendo lodazales o terrenos baldíos.

Me gusta imaginar, con la mano en la quijada, los dueños de estas huellas, mientras observo en lo alto de una vitrina, un vetusto ejemplar de Crimen y Castigo.

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